DOLPHIN EMBASSY

CUENTOS DE HADAS DEl PARALELO 30

Existe en nuestro planeta el paralelo 30 norte. Curiosamente, precisamente en este paralelo, como si de una cadena se tratase, se han alineado los principales centros del desarrollo de la humanidad. El Cairo, Marrakech, Jerusalén, Persépolis, Petra, Lhasa, Delhi... Y también los fenómenos naturales más conocidos, el monte sagrado de Kailash en China, el Triángulo de las Bermudas, las islas de procedencia volcánica, las Hawái y las Canarias... Y además los principales sitios del hábitat de los portadores de la conciencia más antiguos del planeta, los delfines y las ballenas.

La coincidencia resulta increíble y no parece nada casual. Nadie es capaz de explicar esta colección de milagros. Únicamente la mitología ofrece alguna explicación poco precisa, asegurando que existió antaño en medio del océano una isla, en la cual los humanos y los delfines lograron crear una civilización sorprendente y mágica que vivía en paz con el mundo entero. Y luego en un día con su noche ocurrió algo trágico, dejando de existir la paradisíaca isla. Los supervivientes salieron en dos grupos hacia el oriente y el occidente. Se dejaban guiar por las estrellas y nunca se alejaban de su paralelo, el 30. Donde vieran a gente, le enseñaban a curar, a amar, a sentir alegría y a obrar milagros. Nacieron de estos encuentros grandes ciudades y grandes culturas.

Leyendas cantaron sus proezas, se los llegó a llamar “los siete sabios” en unas partes, “Embajada nómada”, en otras, “Enviados de la Atlántida” en las terceras. Aquellas leyendas llegaron a nuestros días, mientras que los conocimientos que iban difundiendo cayeron en el olvido de a poco...

Pero nunca desaparecieron del todo, sino que se plasmaron en el código genético y en las capacidades dormidas, en la naturaleza más pura de la vida.

De modo que sólo hace falta crear una nueva Embajada que volverá a viajar a través del mundo, avanzando cual una avalancha.

№1: EL ARCO IRIS EN PLENA NOCHE

La víspera del inicio de nuestro viaje, organizamos una festa en la costa. Invitamos a nuestros amigos, les servimos un buen vino y unos tentempiés y nos dedicamos a decir tonterías altisonantes...

A las doce de la noche en punto decidimos hacer sonar el gong, el primero de los doce gongs en nuestro camino que fueron creados para vibrar al unísono con la verdadera frecuencia de la Tierra. Estos gongs habían sido fabricados para nosotros por los mejores maestros campaneros. Se guiaron por una antigua receta haciendo una aleación de siete metales. El mundo redobla sobre estos instrumentos...

Después de haberlo pensado mucho, acordamos con Arkady Shilkloper que en cuanto el gong sonara por primera vez, empezaría a tocar en su tonalidad el cuerno alpino, un potente instrumento de unos 6 metros de largo. Se suele decir que, cuando Arkady toca, aparece el arco iris. Y nos reíamos, preguntándole si sabría hacer aparecer el arco iris por la noche. Rió y nos dijo que sólo se dedicaba a soplar y no a mandar al arco iris, pero que a veces había coincidencias curiosas.

A las doce de la noche en punto, el día del solsticio de invierno en medio del océano Atlántico Slava Polunin se remangó los pantalones y se dirigió descalzo por la playa de arena mojada hacia donde estaba colgado el gong. Cogió un mazo especial y con un esfuerzo dio el primer golpe. Arkady se puso a tocar el cuerno alplino. Y fue cuando apareció el arco iris...

Por supuesto, no era tan difícil de explicar, un foco iluminaba el gong y las minúsculas partículas de agua por la cercanía del océano estaban dispersas en el aire. Un sonido potente también es una onda que se transmite por el aire. Dio coherencia a estas partículas y vimos el arco iris...

Todo se puede explicar. Pero no por ello aparece el arco iris.

 

№2: LA SEGURIDAD

Salimos el 21 de diciembre de 2012 al mediodía. La fecha no fue casual, sino la predicha por los aztecas, 12.00 del 21.12.2012. Nuestros amigos habían venido a la isla a despedirnos, a desearnos éxitos y a agitar los sombreros desde la tierra.

Era importante para la Embajada de los Delfines que participaran en aquel evento lo delfines y las ballenas. Y a nuestra manera se lo pedimos. La verdad sea dicha, estábamos algo nerviosos, dado que el mundo animal es libre de compromisos jurídicos y de garantías, a las que tanto estamos acostumbados. Nuestros amigos nos preguntaban, medio en broma, si estarían las ballenas. Y éste era nuestro deseo.

Una hora antes del mediodía subimos a la cubierta de un gran catamarán y nos echamos al mar. Sonaba la música, entrechocaban las copas, saltaban los flashes de las cámaras enfocadas a los Premios Nobel y nosotros, mientras tanto, estábamos pendientes de las agujas del reloj. Habíamos decidido que, si todo salía bien, serían Nicole y Pablo quienes se lanzarían al agua. A las 12 menos 10 se fueron a poner los trajes. El resto de los presentes, agitados, hacían bromas acerca las costas que se alejaban, para poder vigilar las aguas del mar.

Las ballenas piloto aparecieron a unos cien metros del catamarán a las doce en punto. Simplemente emergieron a nuestro lado, resoplando. Y se quedaron con nosotros más de una hora.

Que sí, que fue una casualidad, que ya lo sabemos.

 

№3: LA PROMESA DE ESTAR JUNTOS

Cuando estábamos pensando todavía en la futura expedición, nos reunimos en un país europeo con Yongey Minyur Rinpoche, para invitarle a participar en nuesta travesía, aunque no tuviéramos todavía ruta elaborada. Nos escuchó con mucho interés y nos prometió que nos acompañaría, por lo menos en una de las etapas del viaje. Sin embargo, al quedar poco tiempo hasta el comienzo del proyecto, junto con otros alumnos suyos recibimos una carta, por la cual nos comunicaba que se retiraría para tres años, cortando todo vínculo con el mundo exterior. Dado que estábamos seguros de que se uniría a nosotros, nos sentimos algo decepcionados. Pero sabíamos que no podría estar con nosotros.

Iniciamos el viaje y un buen día llegamos a las remotas tierras de Nepal. Nos vinieron a buscar unos amigos que nos habían prometido ayuda en nuestra búsqueda. El primer día nos propusieron acudir a un monasterio que no era frecuentado casi por los europeos, pero donde residía uno de los lamas más ancianos, de unos 98 años, y también el joven Tulku, conciencia viva del Buda, de unos 19 años de edad.

En el valle de Katmandú están situados cerca de 200 monasterios y era muy importante para nosotros evitar aquellos donde a los turistas se les vendía a granel la condición de iluminados. Nos fiábamos de nuestros guías, de modo que algún tiempo después nos vimos en la cima de una montaña, desde la cual se veía casi todo el valle. Al anciano lama nos recibió y nos permitió presenciar la ceremonia en el templo. Sonó el gong que llamaba a los monjes a acudir al templo. Al final entremos nosotros, para quedar boquiabiertos... Enfrente de la entrada, donde suele estar el altar, estaba colocada una foto con la cara sonriente de Menyur.

 -        Es nuestro gurú, explicamos nosotros a los nuestros acompañantes.

-        No, es nuestro gurú, es el director espiritual del monasterio, pero ahora se ha retirado del mundo.

-        Nos prometió acompañarnos en este viaje.

-        ¿Ven? Ha cumplido su promesa.

Pasamos allí varios días. Enfrente de la puerta del templo está colgado ahora el gong de la Embajada de los Delfines. Y Tulku, este jovenzuelo que tiene miles de años de edad, nos acompañó hasta Egipto, para ver a los delfines en libertad.

№4: LOS NADADORES Y LOS ATLANTES

Muy lejos de toda civilización, perdida en el océano, está situada la isla de Bimini que pertenece a las Bahamas. Tiene unos 4 km de largo y unos 150 m de ancho. Si uno se pone en medio de la única “calle”, verá oceáno a ambos lados. A lo largo de la isla, bajo el agua, hay un camino hecho con enormes bloques. Hay quienes aseguran que es obra de los Atlantes. Y encima de esta carretera bucean gustosamente los delfines. Al embarcar con rumbo a Bimini invitamos a unirse a nosotros a un nadador insuperable, campeón del mundo en natación. Creíamos que, teniendo un porte tan bonito y nadando tan bien, enseguida conquistaría a los delfines, nosotros lo grabaríamos y tendríamos unas imágenes espectaculares.

El hombre antes nunca había nadado con los delfines libres y estaba muy ilusionado. Se imaginaba lo bonito que se verían, nadando al lado.

Salimos al mar rodeados de delfines. El nadador, con su estilo impecable, se lanzó al agua. Y no vio a los delfines. Se fueron, mientras se regocijaba en su técnica perfecta. Se ve que no estaban de humor aquel día. Ni el segundo, ni el tercero. Y eso que con otros tripulantes que no nadaban tan bien, entraban en contacto sin ningún problema. Pero con él, no. Y el hombre se sumergió en la más profunda depresión, se sentó en la costa, leyendo el libro de John Lilly sobre los amigos delfines. Y llegó a la página, en la cual el autor contaba como estaba colocando, bisturí en mano, electrodos en el cerebro de su amigo delfín. Bueno, para entenderle mejor, obviamente.

El nadador se dirigió hacia el mar, cayó al agua y simplemente se tumbó boca arriba. No pensaba más en técnicas, sino en cómo pedirles a los delfines perdón. Por el doctor Lilly, por los acuarios, por todas estas chorradas... Lo veíamos desde la costa y veíamos también como aparecieron a su lado las aletas de los delfines. Y como empezaron a jugar con él.

 
 

№5: EL HOMBRE LEOPARDO

 

Ocurrió en el desierto no muy lejos del mar Muerto. Hace muchos años lo cruzaban caravanas de camellos. Un día de camino separaba las posadas y a veces incluso fortalezas. Quedan algunas hoy, pero en general el desierto se ha impuesto allí. Y la gente vuelve a habitarlo, como pueda. Uno de los residentes en el desierto lleva el apodo de Hombre Leopardo. Fuimos a buscarle, para conocerle. Su nombre real es Arturo y se vino a la zona de algún país europeo hace cerca de 20 años. A veces ocurre que uno se enamora del desierto y se queda allí a vivir. Con el paso del tiempo llegó a comprender esta árida tierra y se convirtió en guía. Para entonces tenía construida una casa en las afueras de una aldea, se había casado y tenido un hijo. Un día salió al patio donde el niño estaba jugando con la arena y vio un leopardo, un leopardo desnutrido, hambriento y muy musculoso. Un enorme y feroz gato preparado para el ataque.

Arturo fue primero en saltar. Aterrizó sobre el leopardo y los aplastó con los brazos y con todo su cuerpo contra la tierra. Si no hubiera sido por su la tensión máxima del hombre, el animal se habría zanjado. Se quedaron inmóviles, cabeza contra cabeza, durante casi tres cuartos de hora. El niño se cansó de llorar y no había nadie más en casa. Arturo, mientras tanto, no dejaba de hablar en voz baja con el leopardo. Le explicaba que un animal tan bonito y fuerte no podría hacer daño a un niño y que nadie le quería hacer daño a él. Que, si se vive al lado, la única forma de sobrevivir es llevarse bien.

 

Y luego se le acabaron las fuerzas. Sus brazos, ya dormidos, eran incapaces de sujetarle al animal. El leopardo se levantó, se quedó un rato mirando fijamente a los ojos de Arturo y se marchó sin prisas al desierto.

Se volvieron a ver en más de una ocasión. Se sentaban a lado y miraban las puestas del sol. No podemos saber si realmente ocurrió o no, pero vimos los ojos de Arturo cuando nos lo estaba contando. Todo parece indicar que así fue.

 

№6: NUESTRO BALLENATO AHIJADO

 

Ocurren milagros en nuestro mundo. En las islas Hawái una vez al año, a principios de la primavera, se reunen miles de ballenas. Pero durante dos semanas casi no se les nota desde arriba y el océano parece tranquilo. Porque no juegan, casi no comen, incluso emergen con muy poca frecuencia, sólo para aspirar el aire y volver a sumergirse. Se mantienen cabeza abajo a poca profundidad, entre unos 30 y unos 50 metros y cantan una canción. Varía un poco de año en año esta canción que carga a la Tierra de energía.

Acudimos a este sitio para presenciar la ceremonia. Nadábamos con las ballenas y grabábamos su coro. Y soñábamos con ellos por la noche... Una noche Nicole soñó con que tenía en brazos a un ballenato recién nacido. En realidad, es imposible, dado las crías de ballena tienen unos 3 metros de largo nada más nacer. Y nadie nunca los ha visto nacer, porque las ballenas se alejan de los humanos para dar a luz. Sin embargo, en sueños puede ocurrir de todo.

Por la mañana salimos al mar. Nos alejamos bastante en una barca y de repente vimos una ballena que estaba respirando en la superficie y no se sumergía en el agua. Creimos que algo le había pasado y que quizás pudiéramos ayudarla. Nos acercamos y nos dimos cuenta de que una hembra estaba a punto de dar a luz. Los ballenatos nacen en la superficie, porque, al igual que los bebés necesitan dar su primer respiro. Nos quedamos a su lado cerca de 4 horas, viendo como el pequeño nacía y como la madre lo sujetaba en la superficie y como el padre, nervioso, estaba pendiente de ellos. El ballenato dio sus primeras vueltas alrededor de la madre y luego, su primer salto, entusiasmado por el mundo que se le abría.

Parece que fuimos los primeros en presenciar este milagro. Pero era más importante nuestra sensación de estar presenciando el nacimiento de un Dios. El bebé crecerá y en algún momento su ojo será del tamaño de nuestras cabezas. Lo veremos el año que viene y nos reconocerá.

№7: UN MILLÓN DE HOJAS DE PALMERA

 

Siempre nos hemos mostrado algo escépticos ante todo tipo de predicciones y vaticinios. Sin embargo, resultó muy interesante entrar en contacto con los maestros hindúes del arte de astrología Nadí que se dedican a leer el destino de uno sobre hojas de palmera. Cerca de diez personas pasan todo el día inclinados sobre los manuscritos, bien pasando a limpio las inscripciones antiguas, bien haciendo nuevas.

Al fondo del edificio está situado el depósito que esconde las finas láminas cosidas en libros y un sinnúmero de detalles de vidas humanas. No se nos supo explicar, si son escritos o sólo guardados aquí.

Uno viene, se presenta y luego ha de aguardar que se localice el correspondiente librito. Y el guardián con sumo cuidado abre las finas hojas, para contar o leerle a uno los detalles olvidados o desconocidos de su vida o de la vida de sus familiares.

El cerebro de uno acaba abrumado por una avalancha de datos. El mundo otra vez aparece distinto de lo que se nos ha enseñado desde pequeños. La exactitud de los detalles deja atónito.

En el momento en el que se llega al momento actual, los instintos de uno piden a gritos que se pare la lectura. Porque el mañana todavía no existe o es algo que a uno le gustaría creer. Y el hombre se para, obediente. En vez de describirle a uno su futuro, le da con mucha suavidad consejos precisos, para que pueda llenar su vida de alegría.

Y durante el camino de vuelta uno no deja de pensar en si realmente había algo escrito sobre su futuro o si los libros acababan en el preciso momento de llegar uno al depósito de las hojas de palmera. ¿Habrá allí un libro para cada uno?

Porque son muchos allí, un millón, quizás... Pero si los hombres somos 7.000 millones... Esta pregunta se la hicimos a los guardianes del depósito.

-No hacen falta tantos, nos respondieron. La mayoría de la gente nunca llegará hasta aquí. Sólo tenemos datos para quienes lleguen.

Bueno, en este caso está todo correcto.

 

 
 

№9: LA CONDICIÓN NO LOCAL DE LA CONCIENCIA

 

En Estados Unidos hemos pasado un cierto tiempo con Amit Goswami. Fue el primer físico en probar que la naturaleza de la conciencia no es local. Es decir que tenemos un vínculo instantáneo entre nosotros y que el tiempo y la distancia pueden ser excluidos tranquilamente de las fórmulas que describen nuestra condición indivisible.

Hemos repetido bajo su dirección el experimento que la ciencia clásica sigue pasando por alto hasta el día de hoy, porque es irrefutable, dado que el resultado siempre es el mismo. Sin embargo, en caso de reconocerse los resultados de éste, los científicos y los profesores tan ductos en el modelo del mundo habrían de dimitir enseguida.

Veamos: son necesarias dos personas que realmente tienen un fuerte vínculo entre ellas. Son colocadas en distintas sitios que se encuentran a una convincente distancia el uno del otro. A ser posible, están protegidos con una pantalla. Se sujetan en la cabeza de uno los sensores de un encefalógrafo que mide las actividades de la corteza cerebral. A la otra persona le son ofrecidos de forma aleatoria diferentes estímulos sensoriales, destellos de luz, sonidos inesperados, etc. Los cronómetros situados en ambas estancias están sincronizados, mientras que el encelógrafo va anotando las reacciones de distintos fragmentos de la corteza cerebral, responsables de estímulos visuales, auditivos, cinestéticos... Un destello. Un ruido. Un tocamiento. Y dos personas en distintas partes de la ciudad. Ante los ojos de uno de repente por un instante se apaga la luz. Y las pupilas de otro, sin tardar ni un poco, se dilatan.

¿Se dan cuenta? Si es vínculo entre nosotros es realmente fuerte, todos nosotros somos inseparables.

№8: UN MÉDICO QUE OBRABA MILAGROS

 

En esta vida puede ocurrir de todo. Ocurrió pues que en Japón se puso enfermo uno de nuestros tripulantes. Unos conocidos, que, dicho sea de paso, no eran nada casuales, nos llevaron a ver a un médico que caracterizaron como un hombre que obraba milagros.

Tenía un aspecto bastante común, eso sí, parecía más joven de sus 70 años. Únicamente en sus ojos había mucha concentración y nada de seriedad ni de cinismo cansado, tan propios de los médicos que conocemos. Prendió fuego y calentó hasta color rojo una espátula de metal con una larga asa. La tocó con la mano, dejándonos horrorizados, y después colocó la mano sobre la parte dolida del cuerpo de nuestro compañero. A la mano del doctor no le pasó nada, mientras que en la piel del paciente quedaron quemaduras. Tardaron un par de semanas en curarse. Pero la dolencia desapareció en el acto.

 

Le ofrecimos dinero por su ayuda, pero el médico se negó. El dinero es equivalente de la energía y él delante de nosotros con su mano y nada más cogía la energía y la mandaba a otro sitio. Y las leyes de la física que ponían en evidencia lo imposible de aquel acto no le impotaban en absoluto.

Nos quedamos de visita en su casa. Y nos enseñó algunas cosas básicas, como, por ejemplo, tirar con el arco. Entrena muy bien la mano y el ojo. Lo que ocurre es que la bodhisattva Guan Yin, bautizada en Japón Kannon, curaba con pócimas hechas con manos y ojos.

 
 

№10: LOS CORREDORES

En el Golfo de California necesitábamos un velero, para que el motor no nos impidiera grabar los sonidos.

Y también necesitábamos un timonel a quien no hubiera que explicarle nada. Dado que estábamos en México, era preferible que hablara el español. Andrea se acordó de un compañero que se llamaba Jesús. Afortunadamente, estaba libre y enseguida se vino.

Aparte de Andrea no lo conocía nadie, pero naturalmente le cayó bien a todo el mundo y enseguida se convirtió en uno de nosotros. Pasamos juntos cerca de dos semanas y el último día nos dedicamos a ver las fotos hechas, tras lo cual Rafa decidió ponernos su película sobre el mundo subacuático que había grabado hacía dos años. Al final de la película, como suele ser, salían los créditos. Jesús que estaba pendiente de la pantalla, se sobresaltó al ver el apellido de Rafa, porque hasta entonces todo el mundo se dirigía a los compañeros por el nombre.

-¿Es tu apeliido?, le preguntó Jesús a Rafa.

-Sí, le dijo.

-Poco común, ¿no? Iba al cole con un chico que tenía el mismo apellido, también se llamaba Rafael. Éramos amigos, pero después de graduarse, se marchó.

En fin, hacía un cuarto de siglo habían estado sentados en clase en la misma mesa y no se han vuelto a ver nunca. Y la posibilidad de un encuentro era cercana a cero.

Una simple coincidencia, nada más.

 

№11: EL DRAGÓN VOLADOR

 

Erase una vez un Dragón que vivía tras los montes azules y los frondosos bosques.

La devastadora revolución cultural china casi no llegó a los sagrados montes, donde hacía tiempo había nacido el taoismo y donde habían surgido un sorprendente arte médico y las artes marciales.

Teníamos la sensación de que estaba todavía vivo en aquellos parajes el mítico Dragón, imagen de la fuerza y la energía en la mitología oriental. Todo nos parecía sugerirlo. Las tejas de los monasterios llevaban la imprenta de sus escamas, las nubes tras los picos cercanos se nos antojaban su respiración y los propios picos, su espinoso lomo. En el sitio donde hemos estado existe una cueva sagrada, a la que uno no logrará llegar, si no conoce el camino. Nos ayudaron a encontrar la entrada. Y desde entonces veníamos todos los días. Algo flota en el ambiente que es captado por cada célula del cuerpo, algo inconfundible, pero también indescriptible. Vive en la cueva un maestro del taoismo de unos 90 años de edad. Se dice que es guardián del espíritu del monte. Veníamos a verle y nos sentábamos al lado de su colmena. Y le hacíamos preguntas, también sobre el Dragón. Un día nos escribió en una hoja de papel “No tengáis miedo, porque el Cielo tiene ojos”. Y nos la regaló.

Otro día le preguntamos a qué se dedica. “Estoy aquí sentado y cierro muy bien los ojos, nos respondió. No sé nada. No me acuerdo de nada. Estoy atento a todo. Y me extiendo...”

Veníamos a verle de día y las noches las pasábamos en un hotelucho a medio camino hacia abajo. Al dormirnos, oíamos como cortaban el aire las alas del Dragón.

 

№12: LA BÚSQUEDA DEL ELIXIR

 

En realidad, esta aventura de circunnavegación empezó una tarde en París. Nos reunimos con unos amigos para pensar, a dónde ir a pasar la Navidad. Alguien había traído un antiguo tomo encontrado en una librería de viejo en las calles parisinas. En un francés anticuado se contaba algo del elixir de la vida, la piedra filosofal y el quinto elemento. En la primera página apenas se veía una foto descolorida de un par de mistificadores, autores de aquel montón de fantasías alquímicas.

No había ninguna receta concreta, pero nuestro grupo de amigos de repente se sintió tan atraído que... Bueno, salvando los detalles, lo vimos como un reto y salimos en busca del tesoro.

Largos meses más tarde, al estar acabando ya el viaje, Moustache (que también podría habérselo inventado) nos contó que en Marruecos en el puerto de Essauira, se había topado con aquella excéntrica parejita. Hablaban en un francés anticuado y estaban pendientes de una fiesta en la calle... O a lo mejor, la estaban dirigiendo... Se les sentó a la mesa y les contó sobre el libro y sobre nuestra búsqueda. Le escucharon con atención y sólo le preguntaron una cosa.

-¿Bueno, y lo habéis encontrado?

– Sí,- contestó Moustache.

– Aha... ¿Y qué tal, bonito?

– Increíblemente...

– ¿Y lo sabréis transmitir a otra gente?

Moustache se lo tuvo que pensar y, para ganar algo de tiempo, se fue a la barra a por otra taza de café. Al volver a la mesa, vio que la pareja ya no estaba.

 
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